Vaupés – Río Apaporis parte 2: El tepuy de Botapescado

Amaneció el segundo día de nuestro paseo al Vaupés entre cantos de grillos y ranas.

Después de un desayuno delicioso con caldo de huevo pochado con ají amazónico empacamos todas nuestras pertenencias y nos montamos en el «motor» para empezar el trayecto río arriba por el Cananarí, primero a la comunidad de Charco blanco a saludar al Payé José María.

Payé es el equivalente en el Vaupés a «Taita» o «Mamo», las autoridades espirituales de las comunidades indígenas. Ellos en Barazano les dicen Kumu.
En Charco blanco algunos probamos el mambe: la mezcla de hoja de coca con cenizas de hoja de Yarumo que sirve para dar energía, quitar el sueño, mantener la concentración y activar los sentidos. Yo lo había conocido como la hoja de coca que se va masticando y se mezcla con bicarbonato (o cualquier sustancia alcalina como conchas molidas en la Sierra Nevada de Santa Marta) pero aquí es un polvo verde finito que ya viene mezclado, se deja una bola en el cachete y se le va pasando saliva. Mi primera experiencia fue la de toda una novata, exhalé el polvo y se me tapó la tráquea, después de un par de segundos en los que pensé que no iba a poder respirar más, el aire volvió a pasar y yo a toser, más adelante lo aprendí a tomar y a disfrutar de sus efectos para la caminada que se nos venía.

Después de parar en Charco blanco, seguimos nuestro camino hacia la comunidad de Morroco, una comunidad que queda justo en las laderas de varios tepuys. Los tepuys son montañas rocosas con cimas en meseta que son característicos de la zona amazónica, son increíblemente antiguos y tepuy quiere decir «morada de los dioses».

La idea era almorzar en Morroco y darnos un baño en el Cananarí antes de emprender la caminada de 3 horas por la selva que nos llevaría a nuestro lugar de dormida de esa noche: una cueva entre 3 tepuys.

Después del almuerzo de caldo de Lapa (Boruga o Agutipaca), un roedor muy apetecido y tengo que decir que sabroso, cruzamos el río y empezamos la caminada por la selva, primero plana, luego un poco más empinada, y finalmente en medio de una lluvia torrencial (aquí fue donde valió la pena haber metido todo en bolsas de plástico y tener capa impermeable) la subida se volvió casi vertical y subíamos por escalones naturales formados por las raíces de los árboles y la hojarasca seca que se va acumulando en el suelo.

En el camino parábamos en pequeños riachuelos como el Caño Sardina, todos de color naranja brillante por las hojas en descomposición y todos delicioso para refrescarse, mojarse la cabeza y filtrar agua para tomar.

La naturaleza en este bosque primario es sin medida, todo es colorido, todo es abundante, todo es húmedo, todo es absolutamente precioso y cada paso que dábamos, con el calor, la humedad y la lluvia valía la pena porque nos llevaba a conocer más paisajes nuevos e imposibles.

No tengo palabras para explicar lo que se siente cuando uno sube los últimos metros y llega a la cueva en donde íbamos a colgar nuestras hamacas y a acampar.

Una cueva entre 3 paredes gigantes de piedra de 3 tepuys diferentes. Tepuys que constantemente chorrean agua, agua que filtran de la neblina con el musgo que los recubre y que va cayendo en pequeños hilos que usábamos para llenar nuestros termos y que van formando pequeños jardines fosforescentes en la roca. El sonido de esa agua eterna, el de las ranas y grillos, era como el lugar en donde graban la música que ponen en las apps de relajación.

Colgamos nuestras hamacas y nos pusimos ropa seca para ir a ver el atardecer a uno de los lugares más increíbles que he conocido en mi vida: La ventana del mundo. Y no conozco mejor nombre para un lugar así.

Caminando por los bordes de la roca llegamos a una cueva llena de murciélagos que nuestros guías llaman «Casa de la anguila», atravesamos la cueva y después de voltear se abrió frente a nosotros un balcón de piedras rosadas-naranjas que da sobre hectáreas y hectáreas de selva con neblina. Justo cuando pensábamos que habíamos colmado la capacidad de asombro frente a esta naturaleza intacta, la selva nos sorprendió de nuevo.

Volvimos con el corazón tres tallas más grande de tanta dicha a comer en nuestra cueva y armamos un picnic entre las hamacas sentados en nuestros ponchos impermeables, a las 9 de la noche estábamos todos acostados en la comodidad de nuestros mosquiteros oyendo gotear el agua y agradeciendo el privilegio de poder estar en semejante lugar tan poderoso.

En la próxima publicación: más caminadas en la selva, pinturas rupestres, una ceremonia de danza y yagé y el final inesperado de un viaje muy esperado.

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