Vaupés – Río Apaporis parte 3: Cerro Guacamayo, Caapi y la (inesperada) vuelta a casa

Me siento privilegiada y feliz de decir que ya sé cómo se ven y se oyen las 5 de la mañana encima de un tepuy.
Se ven como miles de goticas que caen desde muy alto, casi desde el cielo, como neblina azulosa y como musgos de colores brillantes que crecen sobre las paredes de piedra.
Se oyen como muchos grillos y ranas que cantan al unísono en un sonido que es casi como una vibración. Como agua eterna goteando acompasadamente y gritos de guacamayas que sobrevuelan en parejas entrando y saliendo de sus nidos en las rocas.
Mejor dicho, en lugar de buscar palabras para describir lo indescriptible, les dejo este video que hice desde mi hamaca, no a las 5 am pero sí a las 6 cuando salió el sol y el campamento apenas despertaba. Pónganle sonido.

Después de desayunar huevitos con cebolla y tomate con patacones (que nuestros guías y cocineras cargaron con todo el cuidado y amor hasta la cima del tepuy), nos organizamos para otro día de caminadas y sorpresas.
Empezamos con una visita a otro mirador, no tan amplio como la ventana del mundo, pero no menos impresionante, un mirador que desde el tepuy de Botapescado mira sobre el tepuy vecino: el cerro Guacamayo, que le debe su nombre a los centenares y centenares de guacamayas bandera que viven en sus paredes de piedra y que aturden el silencio de la mañana de la selva con sus gritos.

Volvimos al campamento y empezamos a bajar del tepuy para caminar por una de sus laderas eternamente mojados por el agua que va cayendo pero felices porque el próximo destino era muy esperado: pinturas rupestres tan escondidas que ni siquiera han sido estudiadas, no se les han hecho pruebas de carbono 14 para saber de qué época son. Son un misterio mudo que habla desde las paredes con sus tintes rosados y lila, un lugar probablemente sagrado con muchas historias para contar que no hemos entendido aún.
Además, el piso está lleno de plumas de guacamaya que se caen de los cientos y cientos que viven en este lugar, de todas las longitudes y colores, a todos nos pusieron pluma en la cabeza y recolectamos algunas para traer de recuerdo, un amuleto de la magia de uno de los animales más emblemáticos de la región y de nuestro país.

Después de disfrutar de las pinturas y la vista, volvimos sobre nuestros pasos para la hora del baño que esta vez en lugar de ser en el río como todos los otros días fue en la ducha más perfecta de la historia: una cascada de varios centenares de metros con las piedras más hermosas y el agua de ese naranja brillante tan característico de este lugar.
Fue la ducha más deliciosa del paseo y posiblemente de la vida, todos estábamos felices y cuando nos secamos y nos volvimos a poner la ropa nos sentíamos como nuevos porque la caminada hacia las pinturas había sido agotadora, con muchas subidas tipo escalones de raíces y hojas y mucho calor húmedo.

Después de nuestro merecido y necesario baño empezamos a bajar de estos tepuys con rumbo a la comunidad de Charco blanco donde nos esperaban el Payé José María y los demás de la comunidad para una ceremonia muy especial: toma de medicinas tradicionales indígenas y baile de la anaconda.
Llegamos y nos acomodamos con nuestras hamacas dentro de la maloca que es, francamente, una obra de arte, el tejido es absolutamente simétrico, todo se sujeta con bejucos, no existen los clavos, el interior es oscuro y fresco y muy amplio para permitir los bailes ceremoniales.

Una vez instalados siguió la pintura: la cara nos la pintaron con patrones rojos con pintura de Carayurú, hechos por Agustín, el ayudante del Payé, que nos explicó que los patrones son decididos por él de acuerdo a lo que siente con cada persona, y que en la noche, cuando empiezan los efectos del Yagé (Ayahuasca o Caapi) los ve moverse y protegen a las personas.
También nos pintaron las manos y los pies con Huito o We’e, unas hojas de color azulado que parece que no pintaran nada pero que con el pasar de las horas van tiñendo la piel y a hoy, casi 2 semanas después de haber vuelto aún tengo rastros en mis piernas. Investigando me contaron que el Huito es la hoja de la Jagua, en el Chocó ya me habían pintado alguna vez con Jagua pero ellos hacen la tintura de la semilla por lo que queda mucho más negra que azulada.

A las 6 de la tarde entramos todos a la maloca, pusimos nuestros ponchos impermeables en el piso y nos sentamos.
Empezaron los bailes, los hombres adornados con coronas de plumas de garza, de loro y de guacamaya y con cascabeles en los tobillos y muñecas van cantando repetidamente a medida que caminan al compás y las mujeres se van uniendo intercalándose entre dos hombres y el grupo va tomando cada vez más velocidad a medida que da vueltas por el centro de la maloca.

Simultáneamente empiezan las medicinas, primero un “rezo” un poquito de Yopo soplado por la nariz. El Yopo, que en otras partes se conoce como Rapé, es un polvo de tabaco mezclado con otras plantas que limpia las vías respiratorias y produce concentración y claridad mental.
También teníamos que comer un poquito de Mambe y después, empezaron a pasar el Yagé (Ayahuasca) la famosa liana del Amazonas, también conocida como Caapi, medicina ancestral que produce visiones, escanea el cuerpo y el alma de quien lo toma y se va a “trabajar” en lo que considere necesario.

Personalmente ya había hecho parte de 2 tomas de Yagé que puedo decir con certeza absoluta que me cambiaron la vida, para bien.
Pero ojo, eso no quiere decir que hayan sido fáciles o inclusive placenteras, el Yagé no tiene miramientos ni sutilezas y muestra lo que tiene que mostrar de la manera que considere más conveniente, que puede que no sea tan cómoda o conveniente para cada uno. Así que a pesar de tener un poco de experiencia con esta planta milagrosa que siempre describo como “10 años de terapia en una noche”, siempre me acerco a ella con el respeto más grande que puedo sentir y porqué negarlo, con un poco de miedo.

La toma fue diferente esta vez porque en lugar de hacerlo en una dosis grande, pasaban cada cierto tiempo con una totuma pequeña, pequeños tragos de Yagé crudo, el Yagé que se toma en la selva, sin cocinar, que sabe como un té de diente de león.
Generalmente durante la toma hay una etapa en la que se ven texturas, fractales y colores con los ojos cerrados, luego, muchas veces después de vomitar, se pasa a lo que se conoce como “la pinta” las visiones profundas de la planta, los mensajes, como se le quiera ver, la parte más contundente de la experiencia.
Nosotros éramos 9 y todos decidimos tomar, y ninguno pasó de la primera parte, esta vez no hubo pinta para los occidentales de esta ceremonia a pesar de que tomamos mucho Yagé.

Otra parte del ritual de danza, mi favorita, es “la narración”. Los hombrees se sientan en un círculo, hay un narrador que va contando una historia en Cabiyarí y los demás, los contestadores, efectivamente le contestan. El sonido es absolutamente hipnótico, como un mantra de esos que no se sabe muy bien el significado pero los sonidos sanan y transforman por sí solos.

A la medianoche se hace un baile especial para activar el Yagé y cambia el baile a otro tipo que se llama “el carrizo” un baile más zapateado y acompañado del instrumento de viento que le da su nombre y que suena como el viento mismo. Les dejo este audio para que lo conozcan si no lo han oído.


Yo me acosté en mi hamaca a las 2:30 am, ellos siguieron bailando sin parar hasta las 6 am, momento en el que todos nos levantamos para comer otro rezo y cerrar el ritual que fue una experiencia maravillosa.

La mañana estaba destinada al descanso pero poco descansamos, estuvimos caminando por los alrededores, hablando con los niños, con Agustín, nos dimos un baño en el río y visitamos la cocina para ver a las mujeres haciendo el casabe y escurriendo la yuca brava para sacarle el veneno con unos tamices tejidos de palma que son una obra de arte.

Después del mediodía emprendimos el camino de regreso río Cananarí abajo para volver a Buenos Aires en donde pasaríamos nuestra última noche para volver a Mitú al día siguiente.
Y aquí es donde la cosa se puso buena porque lo que no sabíamos es que al entrar a la pista de aterrizaje de Buenos Aires, los aviones Cessna que nos llevaban pueden cargar 5 pasajeros, pero para salir, como al frente de la pista hay una montaña pequeña, solo pueden cargar 3.
Como éramos 9 y solo había 2 aviones, tenían que salir 6 personas primero en los 2 aviones, volar hasta Mitú y uno de los aviones debía devolverse por las 3 personas que se habían quedado. Para decidir estas 3 personas que se quedaban hubo 2 voluntarios: Moni y Jose, y un tercer lugar que lo rifamos al azar y le tocó a… si señores, la persona que les escribe estas líneas.

A la mañana siguiente los que se iban de primero (los primeros 6) debían estar listos a las 7 am porque las avionetas salían de Mitú a primera hora si el clima lo permitía, pero el clima no lo permitió, ni a las 7, ni a las 8, ni a las 9, ni a las 10, seguía lloviznando, el aeropuerto de Mitú cerrado y nosotros mientas tanto matábamos el tiempo con un torneo de cerbatana en el que a los hombres de nuestro grupos les fue pésimo y las mujeres barrieron y se ganaron el campeonato.
Vero, una de nuestras compañeras y mi maravillosa amiga que es una ilustradora de las grandes ligas se puso a dibujar, y Tati que fue nuestra cocinera durante toda la expedición dibujó con ella.
Otros nos fuimos a caminar por la comunidad.

Así fue pasando la mañana hasta que a la 1:30 pm nos dijeron que habían salido las avionetas de Mitú, los primeros 6 se fueron a esperarlas a la pista y despegaron a las 2:30 pm. Los 3 que nos quedamos esperábamos salir ese mismo día, pero como el clima empeoró la avioneta no puedo volver por nosotros. A las 5 pm cerraron el aeropuerto y asumimos que debíamos quedarnos una noche más en Buenos Aires, armamos nuestras hamacas y fuimos a darnos un baño al río Cananarí.

Esa noche nos quedamos conversando con Remi, nuestro guía, su hermano Maxi, capitán de la comunidad, y su otro hermano Mateo, historiador indígena y un ilustrador brillante que pronto tendrá un Crowdfunding para sacar su libro. Ellos nos contaron historias de su cultura, muchas leyendas, de dioses que se peleaban por mujeres, de los Ayawas desobedientes al principio de los tiempos, de las guerras y tratados de paz con los Tanimukas, fue una noche alucinante a pesar de los imprevistos y de que nuestros compañeros en Mitú estaban muy preocupados por nosotros.

A la medianoche empezó a llover, amaneció lloviendo y ya no volvió a parar, lo que quiere decir que durante todo el día estuvimos pendientes a ver si la avioneta que nos iba a recoger podía salir de Mitú, pero el aeropuerto de Mitú permaneció cerrado todo el día así que, de nuevo, asumimos que no íbamos a salir tampoco y nos invitaron a las casa del sabedor Jose Ignacio a ver cómo hacen el mambe y en la tarde nos fuimos a dar un paseo por el río Apaporis.

Aquí tengo que decir que esto lo hago sonar como si yo estuviera absolutamente calmada durante todos estos días.
Los que me conocen saben que soy la persona más planeadora que existe, que no me gusta perder el control y que la incertidumbre puede ser mi peor enemiga. Así que estos días para mí fueron difíciles, me preocupaba por ser un estorbo para Maxi y su familia que nos estaban alojando, por los vuelos que perdimos al no llegar a Mitú y cómo íbamos a volver a Medellín cuando lográramos salir de Buenos Aires porque no hay muchos vuelos que salen de Mitú y los pocos que hay viven llenos, era 28 de marzo y nos habían dicho que el próximo vuelo con cupos a Bogotá era el 18 de abril!!! Todo el tiempo estaba dándole vueltas a las opciones en mi cabeza, pero no servía de nada planear o especular, mientras el clima no mejorara no íbamos para ningún lado y por más planes que hiciera, en medio de la selva, nada se podía concretar.

Jose y Moni mis compañeros no pueden ser más opuestos a mi porque no se puede, ellos estaban tranquilos, disfrutando cada momento y enseñándome cada segundo a soltar y confiar, una lección que llevo muchos años tratando de aprender y que me cuesta montones y por la que siempre, siempre estaré agradecida con ellos dos.

El tercer día amaneció lloviendo, nuestros compañeros ya habían vuelto a sus casas. Nos dijeron que teníamos que estar pendientes porque en cualquier momento que se despejara el clima en Mitú, la avioneta salía por nosotros.

A las 10 am nos avisaron que ya por fin, después de dos días de espera, la avioneta había salido por nosotros. Una hora más tarde aterrizaba en la pista de Pacoa Buenos Aires y con sentimientos encontrados nos despedíamos de nuestros generosos huéspedes y volábamos a Mitú.

Al llegar no sabíamos cuál era nuestro destino, pero Iván, de Colombia oculta ya tenía todo organizado: llegamos a Mitú, y una hora después salimos en un DC-3 de carga, un avión precioso de la segunda guerra mundial, que nos llevó a San José del Guaviare, en donde nos esperaba Wilmer para llevarnos en su carro 5 horas de carretera hasta Villavicencio.
Allí pasamos la noche y, al otro día, el 30 de marzo, mi cumpleaños número 41, a las 10:45 am por fin tomamos un vuelo que nos trajo de vuelta a Medellín después de haber pasado por 3 departamentos en 2 días.

Con esta mini odisea cierro este relato, podría decir que los 3 días adicionales fueron mi propia dosis de Yagé, mi propia escuela y aprendizaje privado y que es un viaje que me ha devuelto a mi vida diaria transformada.

Este lugar es muy poderoso, y creo, si ustedes creen en eso como yo, que es un lugar con una energía muy sacudidora y es un viaje, que no es para todo el mundo, pero para los que sí es, es el viaje de la vida.

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